El bienestar digital es un estado de equilibrio tanto físico como emocional que hoy día se debe incorporar en los restantes ámbitos de bienestar de la persona. No debe entenderse exclusivamente como un objetivo final que conseguir, sino como un camino que se construye desde la infancia y se acompaña durante toda la vida. Implica desarrollar una relación equilibrada con la tecnología, basada en el autocuidado, la responsabilidad, la seguridad y privacidad, y el pensamiento crítico.

Para educar y fomentar este estado, lo que necesitan los adolescentes y jóvenes no es vigilancia, sino presencia; no es control, sino acompañamiento. Es la alfabetización digital necesaria para poder usar las tecnologías digitales de forma consciente, crítica, segura y responsable.

Si hay un término o concepto que ha ganado protagonismo en los últimos años es el de bienestar digital. Aparece en informes o estudios, en políticas públicas, en el ámbito educativo y, por supuesto, en las conversaciones de padres y madres. Sin embargo, la idea de “fomentar y cuidar el bienestar” no es una moda. Viene de lejos. Ya lo decía Aristóteles cuando hablaba de la eudaimonía, ese estado en el que una persona despliega lo mejor de sí misma y encuentra equilibrio en su vida.

Y, actualmente, ese equilibrio necesariamente vuelve a estar en el centro, pero en un escenario distinto: vivimos rodeados de pantallas, inmersos en un flujo constante de información, aplicaciones digitales y notificaciones. Y en ese contexto de infoxicación y sobre estimulación, hablar de bienestar implica necesariamente hablar de bienestar digital. Porque la idea de bienestar implica un estado integral que engloba la consecución de diferentes bienestares en la persona (físicos, emocionales, económicos, profesionales, etc.).

Pero ¿qué entendemos exactamente por bienestar?

Según la Real Academia Española, el bienestar es el "estado de la persona en el que se le hace sensible el buen funcionamiento de su actividad somática y psíquica". Esto significa que el bienestar abarca tanto la salud física como la mental, por tanto, el ciudadano debe cuidar su cuerpo con una buena nutrición, ejercicio y atención médica, y la mental, con el buen manejo de las emociones y las relaciones sociales. Ahora bien, no todo es tan fácil, y, mucho menos, en sociedades donde la brecha económica, social y generacional está mucho más acentuada. Si no aseguramos un bienestar social y económico en la población más vulnerable, esto es, garantizando un acceso a la educación, sanidad, trabajo y vivienda, difícilmente alcanzarán un bienestar en su salud mental, de hecho, y seguramente, su ausencia podrá ser una de las causas del aumento de malestares emocionales y patologías en la sociedad actual.

¿Quién debe asegurar el bienestar de los ciudadanos?

Si entendemos el bienestar de la persona como un concepto integral que busca el equilibrio y la satisfacción en todos los ámbitos personales y sociales para lograr una vida plena y saludable, tendrán que ser muchos los actores implicados en garantizarlo. Los primeros somos nosotros mismos, por supuesto, manteniendo una vida activa en nuestra comunidad y apoyando al resto de personas de nuestro entorno. Pero también deben facilitarlo tanto el Estado, que, como marca la Constitución Española (art. 9), es el encargado de garantizar y proteger los derechos del ciudadano, como las comunidades autónomas, que son las que gestionan los servicios sociales y programas municipales. Pero el bienestar ciudadano no es posible si el sector privado no se implica con políticas empresariales (horarios que faciliten la conciliación, teletrabajo, etc.) y prácticas de responsabilidad social corporativa (programas de salud, actividades sociales y voluntariado).

El bienestar en una sociedad digital y conectada

bienestar

Hoy día vivimos en plena digitalización y transformación social y la tecnología digital es una herramienta que se utiliza diariamente en todos los ámbitos y sectores de nuestra sociedad, a nivel profesional, educativo, social y familiar. Su uso supone grandes beneficios y oportunidades, especialmente en el impacto de nuestra productividad, mejora de resultados, nuevas fuentes para la innovación, conectividad, información y creatividad, etc. Pero, sin duda alguna, el aumento exponencial que hemos ido haciendo de todas estas plataformas, programas y aplicaciones ha hecho que afecte de pleno en nuestra vida social y familiar, y, con ello, en nuestro equilibrio emocional y/o salud mental. ¿Cómo podemos y debemos controlar esto para evitar los potenciales riesgos y daños?

Educar ya no es posible sin educar en lo digital

La infancia y la adolescencia del siglo XXI crecen en un ecosistema donde lo digital no es un añadido, sino un tejido que entrelaza su comunicación, su ocio, sus relaciones y, cada vez más, su aprendizaje. Las tecnologías digitales ahora forman parte de sus rutinas del mismo modo que lo hacen los libros de texto, el cuaderno o la televisión. Por ello, educar hoy en día, ya no es posible sin educar en lo digital. La educación ya no puede dar la espalda a la tecnología.

Organismos internacionales como la UNESCO, la OCDE o la Comisión Europea coinciden en que la competencia digital, entendida como el uso crítico, creativo y seguro de la tecnología, es tan esencial como la lectura o las matemáticas. Formar ciudadanos competentes implica acompañarlos para que comprendan cómo funciona lo que utilizan, cómo les afecta y cómo pueden usarlo para aprender, crear y convivir.

Hoy la pregunta no es si debemos utilizar tecnología en la escuela, sino cómo hacerlo de forma pedagógica, segura y equitativa. Y también para qué. Es necesario romper el falso dilema entre “libros o pantallas” en el aula; la clave está en educar para el equilibrio, ya que ambas herramientas deben utilizarse de manera complementaria. Así lo recuerda el enfoque de bienestar digital: no se trata de eliminar, sino de aprender a convivir.

El equilibrio como indicador forma de vida saludable

Podemos definir por todo esto el bienestar digital como un estado de equilibrio saludable en la vida digital de una persona, donde se utilizan de manera consciente y positiva las tecnologías digitales para mejorar la calidad de vida, el bienestar emocional, las relaciones interpersonales y el desarrollo personal. Esta noción implica una gestión consciente del tiempo en línea, el establecimiento de límites saludables en el uso de dispositivos y redes sociales, y el cultivo de una relación positiva con la tecnología. Pero ello, implica encontrar un equilibrio saludable entre el uso de la tecnología y otras actividades importantes de la vida, mientras se promueve una relación positiva y consciente con el mundo digital. Es decir, debemos educar en la adquisición de buenas habilidades sociales y de comunicación en el entorno físico, afrontar adecuadamente el estrés y la frustración, potenciar el desarrollo del autocontrol en el entorno digital y, sobre todo, promover una buena utilización del tiempo de ocio, especialmente del ocio sin pantallas.

Tal como recoge la Guía de Bienestar Digital de Madrid Salud, implica cuidar la salud física y mental, proteger la privacidad, gestionar límites y utilizar las herramientas digitales para aprender, comunicar y expresarse.

El bienestar digital, por tanto, abarca 5 grandes dimensiones:

Equilibrio y gestión del tiempo de pantalla

No todas las horas de pantalla son iguales. Investigar para una tarea escolar, realizar una videollamada con la familia o crear un proyecto audiovisual no tiene el mismo impacto para la salud mental que una tarde entera consumiendo vídeos en scroll infinito. El objetivo es aprender a identificar cuándo el uso aporta valor y cuándo empieza a generar malestar.

Salud mental y emocional

Las redes sociales y ciertas dinámicas digitales pueden amplificar la comparación social, la presión estética o la necesidad de validación externa, lo que actualmente conocemos como la dictadura de los likes. La evidencia científica muestra que los riesgos aumentan cuando existe poca supervisión, ausencia de autocontrol o uso compulsivo. Pero también señalan —como recuerda el curso “Jóvenes y Bienestar Digital” del recurso de prevención de adicciones madrileño— que las plataformas también pueden ofrecer apoyo emocional, comunidad o referentes positivos cuando se usan de forma consciente y supervisada por adultos de referencia.

Salud física y descanso

El sueño es uno de los pilares del bienestar digital. La exposición nocturna a pantallas (vamping), la hiperconectividad o la falta de movimiento pueden alterar los ritmos circadianos, el rendimiento escolar o la estabilidad emocional. De hecho, una de las ideas clave del Servicio de Prevención de Adicciones es clara: “Dormir bien es la mitad del bienestar digital”.

Privacidad, seguridad e identidad digital

Enseñar ciudadanía digital significa aprender a proteger datos, evitar la sobreexposición, entender los algoritmos y construir una identidad digital positiva y respetuosa.

Pensamiento crítico y alfabetización mediática

En un entorno saturado de información, la capacidad para evaluar la veracidad de un contenido, identificar sesgos y comprender cómo circula la desinformación es tan esencial como aprender a escribir. El bienestar digital no puede existir sin pensamiento crítico.

Este conjunto de habilidades no es innato; se aprende, se entrena y se refuerza con la edad. Por eso la educación tiene un papel determinante.

Por qué es imprescindible educar en Bienestar Digital

Los menores acceden cada vez más pronto a los dispositivos digitales. La media de edad para tener el primer móvil en España oscila entre los 10 y los 11 años. Eso significa que, cuando llegan al instituto, gran parte de su vida social y emocional ya pasa por una pantalla. Y, la mayoría de las veces, sin una supervisión y acompañamiento familiar.

Por esto, la escuela, como institución que acompaña el desarrollo integral del menor, no puede quedarse al margen. Preparar a niños, niñas y adolescentes para el futuro es enseñarles a: gestionar la información, colaborar en entornos digitales, crear contenidos, protegerse y proteger a otros, entender cómo influyen las tecnologías en su identidad y sus relaciones.

Los riesgos digitales no aparecen exclusivamente por los diseños algorítmicos oscuros y adictivos de la tecnología, sino por la ausencia de acompañamiento familiar, y la falta de criterio y autocontrol.

¿Cuándo podemos detectar que el uso de la tecnología comienza a ser un problema?

  • Cuando las horas de pantalla sustituyen actividades esenciales del día a día de los menores (juego, actividad física, sueño, etc.).
  • No existen normas ni límites ajustados en el uso de dispositivos y los menores no aprenden autocontrol y autorregulación.
  • La exposición a ciertos contenidos aumenta la comparación social, el estrés o la presión del grupo.

Educar en bienestar digital es, en definitiva, educar para el siglo XXI.